Somos cada vez… ¿más tontos o más listos? Inteligencia y efecto Flynn.

¿Te crees más inteligente que tu abuelo o bisabuelo? La ciencia tiene algunas teorías que, vistas en perspectiva, nos harán dudar de una cosa; de la otra… y de todo lo contrario.
Sin embargo, yo me atrevería a decirte a ti que estás leyendo esto, que el mero acto de leer es un rasgo de inteligencia y, por tanto, de esperanza.

Algunos investigadores como el profesor Gerald Crabtree de Stanford, afirman sin demasiadas contemplaciones que la humanidad cada vez es más estúpida.

En noviembre de 2012 publicó un estudio en el que afirmaba que la humanidad alcanzó el cénit de su inteligencia -hace ahora la friolera-, de 2.000 a 6.000 años. ¿En qué se basaba? En la genética.

Según sus estimaciones, la inteligencia humana es controlada por unos 2.000 a 5.000 genes. Tomando esto como punto de partida, calculó que en los últimos 3.000 años, la humanidad –al completo– había sufrido dos mutaciones que afectaban negativamente a los genes determinantes de la inteligencia y que, quedaban por producirse aún otras dos mutaciones en los siguientes 3.000 años. Matizaba que no todas las mutaciones poseen efectos adversos, si bien en su cálculo advertía que la inteligencia es más frágil de lo que parece.

También añadía que la inteligencia humana actual no es tan importante, desde un punto de vista evolutivo, como lo era en la época de los cazadores-recolectores en la que te jugabas el pellejo cada vez que salías a cazar y que, de tu inteligencia/habilidades dependía volver a casa con comida, o convertirte en la comida de tu presa.

Por otro lado, el apareamiento disgénico es otra controvertida teoría que se suma a la anterior al sostener que desde mediados del siglo XIX, algunos científicos correlacionan coeficiente intelectual y reproducción.

Argumentan que, dado que la inteligencia humana es, en parte genética y, por otro lado, las personas más inteligentes tienen menos hijos, la consecuencia es que los coeficientes intelectuales deberían estar decreciendo… Sin embargo, las cifras indican todo lo contrario, algo que se expresa en la bonita paradoja de Cattell, como consecuencia del efecto Flynn que ahora veremos.

Efecto Flynn: ¿más listos que el hambre?

Si bien en los últimos años, los resultados obtenidos en pruebas que miden el cociente intelectual CI crecen a ritmo sostenido, el potencial genético podría estar disminuyendo según algunos estudios. Según Michael Woodly psicólogo en la universidad sueca de Umea: “diferentes aspectos de la inteligencia podrían estar cambiando de múltiples maneras”.

La vida actual nos ha abocado a un estilo de vida que, aparentemente, implica un mayor grado de inteligencia para desenvolvernos con teléfonos “inteligentes” (aunque su inteligencia se use para espiarnos), ordenadores (estupendos cuando funcionan), tablets, vehículos eléctricos, etc.

Ahora bien, el desarrollo de  la inteligencia actual, tiene un marcado carácter geográfico. La inteligencia que necesita un marino noruego para sobrevivir y pescar en el Atlántico Norte, resulta irrelevante si trasladamos a éste a la jungla financiera de Wall Street para desempeñarse como broker neoyorquino y viceversa.

Para tratar de poner un poco de orden a todas estas cuestiones, James Flynn profesor emérito de la Universidad de Otago en Nueva Zelanda, lleva años investigando y teorizando sobre lo que se denomina el efecto Flynn.

Durante décadas ha revisado y normalizado varias veces los tests de cociente intelectual CI.

A través de grupos de voluntarios, Flynn y sus ayudantes han determinado que cada nueva generación –a lo largo y ancho de este mundo– obtiene mejores resultados en tales pruebas. En concreto, cada generación suele obtener 3 puntos extra en los tests.

Flynn argumenta que estos resultados son consecuencia de:

    1. Una mejora del entorno.
    2. Dado que la carga genética desempeña un papel clave, si aumentamos las oportunidades de aprendizaje de los jóvenes, estos desarrollarán un mayor CI en el futuro.
    3. Mejor nutrición.
    4. Mayores tasas de escolarización desde la edad temprana.
    5. Mayores estímulos.

Todo esto conduce a distintos niveles de pensamiento en lo concerniente a la asociación de ideas.

En el pasado, los individuos respondían a muchas cuestiones, en virtud de sus propias experiencias de vida. En la actualidad predomina el pensamiento abstracto, lo que hace que las personas se enfrenten a los tests de CI de manera diferente y obtengan mejores resultados.

La paradoja de Cattell: ¿resuelta?

Así que, por un lado tenemos a Crabtree con su sombrío pronóstico de una humanidad cada día más estúpida y, por otro, a Flynn con una humanidad cada día más inteligente. A esto se le llama la paradoja de Cattell.

Michael Woodley cree haber resuelto dicha paradoja y, según él, las noticias no son bonitas. En lugar de basarse en tests de CI, tomó como índice los tiempos de respuesta: es decir, el tiempo que necesita un ser humano para responder a un estímulo. Algo que se relaciona con el coeficiente intelectual del individuo al definir nuestra capacidad de interacción, a nivel simple, en el proceso cognitivo; en opinión de Woodley, menos sensible a modas, tests o influencias culturales.

Como punto de partida, propone un estudio realizado durante el sXIX por Francis Galton –primo de Darwin (muy influenciado por éste) y fundador de la psicometría–, en el cual se medía la capacidad de reacción de hombres y mujeres. Aquí cabe señalar que Galton, primer presidente de la liga eugenésica y autor de la perla: “sólo los más aptos deben sobrevivir”, tuvo numerosos devotos en su momento. Tal vez el más conocido por sus ideales de raza aria, fue Adolf Hitler.

Estudios similares al de Galton se llevaron a cabo durante el sXX. En cada uno, se reflejaba un tiempo de respuesta significativamente más bajo al de Dalton.Tales datos aparecieron en un detallado estudio de la Revista Americana de Psicología en 2010.

Fue a partir de ese estudio de 2010 cuando Woodley y sus colegas aportaron nuevos datos, cerciorándose de que estaban midiendo las mismas cosas. Especialmente, se aseguró de la fiabilidad de los cronómetros –los cuales habían mejorado drásticamente desde el siglo XIX–. Al parecer, Galton había utilizado un reloj basado en péndulo, el cual según Woodley, ofrecía una exactitud de 10 milisegundos…

Sea como fuere, para Woodley la cuestión es clara: tiempos de respuesta menores significan un descenso de la inteligencia. ¿Cómo resuelve la paradoja, te estarás preguntando? En su opinión, los tests actuales no reflejan la realidad y, si bien resultan incuestionables las mejoras en alimentación o entorno, también debemos considerar la exposición a neurotoxinas e incluso la selección natural.

Como era de esperar, esta conclusión para Flynn no es adecuada. Para él la medición de tiempos de respuesta puede ser engañosa. “Una persona estúpida puede tener un tiempo de respuesta idéntico al de una persona brillante” argumentó en la revista LiveScience. La diferencia básica es que mientras la segunda se mantendrá enfocada, la primera perderá el foco a la menor ocasión. En otras palabras, las personas menos inteligentes tienen mayores dificultades para  mantenerse atentos a una tarea.

Un estudio llevado a cabo entre escolares chinos y británicos puso de manifiesto que los estudiantes de HongKong eran más rápidos a la hora de completar determinadas tareas. Esto, según Flynn, podría interpretarse como que los niños chinos son más inteligentes que los británicos, pero también sería correcto interpretarlo como que los niños de HongKong son más decididos a la hora de asumir riesgos.

Entonces, ¿estamos condenados a la estupidez o hay un rayito de esperanza? Personalmente me quedo con la frase de Flynn: “no hemos explorado lo suficiente los límites de nuestros genes aún”.

Mientras, procuro no dejar mi mente en barbecho: leo, escribo, escucho música, hablo, pinto, canto. Al menos, si me convierto en estúpido, seré un estúpido con temas de conversación…

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