Los únicos problemas que no tienen solución son aquellos que, o no conocemos o no somos conscientes de ellos. Nuestra época nos ofrece avances muy positivos, pero también plantea significativos retrocesos de la mano de la tecnología, la ética y los derechos humanos, que conviene sopesar de vez en cuando.

 

A los jovencitos que asistimos al estreno de Star Wars en 1977, jamás se nos pasó por la cabeza que el artilugio con el que se comunicaban los Jedis, formaría parte de nuestra vida cotidiana años después y se llamaría teléfono móvil. Tan singular avance ha propiciado que, cuando un amigo nuestro emigra al extranjero, ya no sea igual que antes: ahora tenemos aplicaciones como whatsapp o skype en nuestro ordenador, tablet o móvil que difuminan los límites geográficos y, también, las “morriñas”.

Sin embargo, al igual que en Star Wars, algunos avances tienen su lado oscuro. La revolución industrial del XIX ha devenido en la revolución tecnológica del XX-XXI y, si bien la primera, representó un avance en materia de derechos sociales, la segunda parece más bien lo opuesto.

Es común que el desayuno de numerosos días, esté aderezado con algún pasmoso avance tecnológico como las Redes Generativas Antagónicas https://www.juancarlosayuso.com/conoces-al-equipo-gan-pues-deberias/, la Programación Neuronal con Optogenética https://www.juancarlosayuso.com/luz-en-las-neuronas/, o la conversión de fotos en baja resolución a otras en alta, mediante Inteligencia Artificial https://www.juancarlosayuso.com/ojo-al-dato-2/.

Paralelamente, es frecuente toparnos con noticias en las que, la tecnología parece tener más valor que las PERSONAS al suplantarlas sin ningún miramiento. He usado el verbo suplantar y no sustituir, con plena intencionalidad, en parte, para devolver el golpe a diarios y telediarios que nos informan sin rubor alguno, de tal o cual despido masivo de personas (tampoco hablo de trabajadores sino de personas) en esta o aquella fábrica al incorporar robots a su cadena de producción.

Es como si a los informadores no les fuera a llegar una “reconversión” semejante pero, me temo que los números actuales, contradicen esta vana expectativa.

Una vez centrado el tema, compartiré mi reflexión. Los que, de una forma u otra, hemos intervenido en algún proceso de innovación empresarial, sabemos lo importante que es “proteger” dicha innovación. Aquí es donde entran en juego las patentes, los modelos de utilidad y los registros de propiedad intelectual, para que nadie se aproveche de la capacidad de innovar de otros. Nos parece legítimo. Lo vemos legítimo. Es legítimo.

Luego viene el capital humano. Ciertas empresas no serían lo que son o no habrían tenido los éxitos que ha tenido, si no hubiesen sido capitaneadas por personas con talento, iniciativa y preparación.

Para que se entienda, ciertos productos, marcas o empresas no serían nadie en el mercado sin sus patentes -Y- sin las personas que hicieron posibles esas patentes. Creo que hasta aquí todos estaremos de acuerdo. Ahora viene el redoble de tambor. El más difícil todavía.

Sin el esfuerzo, sacrificio y entusiasmo de personas -también llamadas trabajadores-, la antedicha empresa tampoco hoy ocuparía el lugar que ocupa. Verdad, verdadera.

Por lo tanto, si no podemos plagiar el producto de dicha empresa porque está protegido por patentes, ¿quién protege a las personas, que tienen un valor intrínsecamente más alto que una patente? No veo a los gobiernos, -a ninguno-, promulgar ninguna ley que prohíba sustituir a un ser humano por una máquina y, es DELIRANTE. Si crees que no lo es, imagina tu carta de despido -ahora-, encima de tu mesa. En ella se te informa de que un robot va a hacer tu trabajo.

No creas que solo les pasa a los demás. Te puede pasar a ti. De hecho, es bastante probable que te pase.

A ti y a todos.

Vuelvo a las patentes. Las patentes representan la concesión de un derecho. Pero, ¿y los derechos adquiridos? ¿Por qué no se reconoce el derecho adquirido del colectivo de personas -malamente definido como, “trabajadores”-, que llevaron dicha empresa al éxito?

Antes de que tu pensamiento tome forma de voz, te respondo: aunque dichas personas hayan recibido un pago por su trabajo, existe una responsabilidad social corporativa inherente a la empresa que actúa desde el plano de la ética y la honradez. La responsabilidad social corporativa es el compromiso de dicha empresa a no jugar sucio. Y jugar sucio es sustituir seres humanos por máquinas sin dar, antes, a estos seres humanos una salida.

¿Podemos tragarnos el sapo de que para la empresa X, Y o Z lo más importante es su capital humano si está pensando en sustituirlos por máquinas a las que no tiene que pagar un sueldo?

Solo veo dos salidas al dilema.

La primera es volver a hablar de la SOCIEDAD DEL BIENESTAR. ¿Te acuerdas? Los medios han silenciado el término. Parece que ahora no interesa. Entre sus postulados está la reducción -lógica- de la jornada laboral. Si cada vez va a haber más máquinas suplantando seres humanos, lo más equitativo sería repartir el trabajo entre todos, con el consiguiente aumento de horas de ocio a repartir, también entre todos.

La segunda es reinventar la rueda. Algo imposible, ciertamente: promulgar leyes que imposibiliten que un ser humano sea sustituido por una máquina.

¿Por qué?

Por una simple cuestión de ley natural: la dignidad.

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