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No todos los medios digitales en internet cuidan el lenguaje. Eso contribuye a que cada vez escribamos peor. ¿Crees que escribes bien? Compruébalo ahora.

Raro es el día en que no nos topemos en internet con un artículo sobre las bondades de una nueva herramienta, truco o habilidad para enriquecer nuestra “marca personal”. Si nos parece de interés, casi seguro que nos lanzaremos a adquirir esos conocimientos indispensables para mejorar dicha marca personal, lo cual está muy bien.

Pero, -no podía faltar un pero-, ¿qué ocurre con aquellos conocimientos que ya tenemos o creemos tener y estamos descuidando?

Me refiero, como avanzo en la entradilla, al lenguaje. Esa herramienta que usamos a diario para comunicarnos con los demás.

Hay muchos artículos sobre el tema. Yo deseo compartir algunas reflexiones sobre, el cada vez más frecuente mal uso del español o castellano. Un fenómeno que crece exponencialmente sin que, en la mayoría de las ocasiones, los interfectos sean conscientes de la mala imagen que proyectan.

Para empezar, afirmo que escribir mal afecta directamente a tu reputación. Tu marca personal, se ve perjudicada por mucho que te esfuerces en demostrar habilidades o conocimientos.

Si tu ortografía es deficiente, si tu sintaxis es incorrecta, si tu estilo no es el adecuado, vas a causar mala impresión. No digamos si se trata de entrar en contacto, por primera vez, con un cliente, marca o empresa. Ya sabes: nunca se tiene una segunda oportunidad para reparar una primera mala impresión.

A fin de cuentas, es lógico, ¿no? Si tu expresión escrita tiene carencias, tu mensaje -incorrecto en la forma, es decir, el cómo-, va a debilitar el fondo, esto es, el qué.

¿Qué podemos hacer?

Mejorar el estilo es difícil, aunque, siempre puedes inscribirte en algún curso literario. Sin embargo, la sintaxis y la ortografía son relativamente fáciles de enriquecer.

Es consecuencia directa de lo buen o mal lector que seamos. Es casi imposible escribir bien si no eres un lector habitual, aunque eso lo dejaré para otro momento.

Tampoco voy a esgrimir el tópico de que en España no se lee y, no lo voy a hacer porque según datos de la Federación del Gremio de Editores de España de 2018, “el 62,4% de la población española de 14 o más años, ha comprado algún libro en los últimos 12 meses. Se incrementa levemente tanto la proporción de compradores como el número medio de libros comprados”.

Bien es cierto que otros países nos superan, pero no parece un dato catastrófico.

Llegados a este punto deseo compartir mi primera reflexión: el problema reside en internet. Lo remarco porque pienso que, la inmensa mayoría, no se da cuenta de ello.

Es una pena (y un horror) comprobar cómo, blogs o webs con altos índices de afluencia, manejan el castellano sin demasiados miramientos. Faltas ortográficas recurrentes, causan un daño en personas menos formadas y también en personas formadas, del que no son conscientes ni los unos ni los otros. Como decía Goebbels, “una mentira repetida mil veces se convierte en una verdad”.

Mucho me temo que en el caso del idioma ocurre algo similar. A base de leer barbaridades en internet, en WhatsApp, en RR.SS., damos por buenas, faltas de ortografía o sintaxis que, cuando no existía internet jamás hubiésemos aceptado. No tanto porque leyéramos más sino porque la lectura a nuestro alcance estaba mucho más cuidada. Ortografía, sintaxis, estilo o corrección ortotipográfica, significativos filtros que pulen cualquier obra escrita antes de que vea la luz, hoy han quedado, prácticamente restringidas, al mundo literario. Por no salvarse de esta corrupción de la lengua, no se salvan ni los periódicos.

Los viejos duendes de la imprenta parecen haberse actualizado. Si adviertes a un periódico -de tirada nacional- que un artículo suyo contiene 4 faltas garrafales, de ésas que hacen daño a la vista, te dirán que ha sido fruto de las prisas y lo corregirán. O ni te contestarán. 

¿Duendes digitales habemus? Va a ser.

Como consecuencia, mi apunte sería que, además de leer en internet, leamos LIBROS. Uno de los pocos nichos en los que todavía se cuida el castellano.

También existen en internet, webs y blogs excelentes. Sin embargo, si eres de los que usan el corrector para escribir, tal vez no sepas distinguir los buenos de los malos.

El corrector automático

Aquí va mi segunda reflexión: si te acostumbras a usarlo, estás perdido. Dejarás tu reputación a su albedrío. Porque te confirmo lo que ya sospechabas: no es infalible. Al contrario. Es bastante falible. Deberíamos usarlo solo para que nos advierta de aquellas palabras que hemos tecleado mal por error. Ecacto por exacto, para que nos entendamos.

Si te sustituye para poner tildes correctamente o para advertirte de homófonos (palabras que suenan igual pero se escriben de diferente manera), me temo que tendrás que esperar a la versión 7.0 (con inteligencia artificial) de 202?

De momento, nunca sabrás, -ni él tampoco-, que escribir “haber que pasa”, es un disparate que dice mucho de ti, y nada bueno. Para tu corrector, haber, está bien escrito. NO INTERPRETA EL CONTEXTO. Tú en cambio deberías -corregir a tu corrector- con, “a ver qué pasa”.

¿Te da pereza? Piénsalo dos veces. Tu reputación está en juego. Aunque cuides tu imagen y te esfuerces en tu trabajo, un email mal redactado ayer, puede causar estragos a tu marca personal en la reunión de mañana.

He asistido a muchas. Cuando un documento contiene faltas de ortografía de determinado nivel, sabes a ciencia cierta, que su autor no es el profesional que dice ser. Y, por regla general, no te equivocas.

El castellano tiene sus reglas, el inglés las suyas

Si tienes que comunicarte en inglés con clientes o proveedores, sabes lo tiquismiquis que son los ingleses con las normas en la redacción de negocios.

A ellos, NO LES DA IGUAL que pongas el nombre tuyo o de su empresa a la izquierda o a la derecha. Tampoco aceptarán que uses contracciones. Supongo que lo sabes y lo haces; por eso, me deja perplejo cada vez que recibo un email de algún colega español -y aquí no hago distinciones de nivel-, en estos términos:

          Buenos días Juan Carlos,

          Deseo comentarte que———

¿CÓMO? Buenos días Juan Carlos ¿COMA? ¿Igual que en el inglés?

No, en castellano no es así. La coma solo se usa para separar palabras u oraciones dentro de una frase.

La “coma y aparte” no existe.

En castellano, para poder hacer un salto de línea tenemos el punto y aparte, los dos puntos o los puntos suspensivos. Jamás la coma.

Dice tanto de ti como el uso incorrecto de “haber” y “a ver”, antes comentado. En otras palabras, deja tu marca personal, en estado de coma, ¡por una coma!

Al iniciar una carta, email o mensaje, lo correcto es:

          Buenos días Juan Carlos:

          Deseo comentarte que———

No podemos saltarnos a la torera las normas lingüísticas porque todo el mundo lo haga. Lo correcto es lo correcto. Si no, tras saltarnos las normas lingüísticas podemos empezar con las demás.

¿Por qué no las de tráfico?

¡Si somos guays, somos guays!

Tal vez no te hayas dado cuenta pero no he escrito:

Por qué no las de tráfico?

Si somos guays, somos guays!

Eliminar las aperturas al usar signos de exclamación o interrogación, característica propia del castellano, parece la nueva moda cool del mundo digital. ¿Por qué nadie los usa en WhatsApp o en RR.SS.? La RAE no ha eliminado su uso a pesar de los muchos cambios de los últimos años.

Sorprendentemente, no me he topado, todavía, con ninguna empresa o marca de primer nivel que los hayan eliminado de su publicidad o comunicación corporativa, por “comodidad”, por “moda” o, mucho menos, por “desidia”.

Bien saben lo que cuesta adquirir y mantener su reputación.

Algunos dirán que el lenguaje lo construyen los hablantes y están en lo cierto. Lo que no es cierto es que los hablantes puedan destruir el lenguaje por ignorancia; por comodidad; por desidia.

Para terminar, mi tercera y última reflexión. No sé si nos encaminamos hacia una sociedad cada vez más estúpida e infantilizada. Ojalá que no, aunque, en paralelo a los avances en inteligencia artificial, observo alarmantes retrocesos en inteligencia colectiva.

Si a ello, le añadimos el momento que nos está tocando vivir, con el mundo sobrecogido por el alcance de una pandemia que ha desbordado nuestras vidas. Que nos ha puesto frente a un espejo para que podamos advertir nuestra fragilidad y, a su través, contemplar la talla, la integridad, la moral y la generosidad de nuestro personal sanitario, fuerzas y cuerpos de seguridad, conductores, vigilantes, etc. ¡Qué gran paradoja!

Creo que estamos en un momento perfecto para la reflexión. Desde lo más profundo de nuestras almas.

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