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Hay quien lleva una gorra. Hay quien lleva una corona. Son papeles. En ocasiones te los crees. En otras, no. Toca vivirlos, sufrirlos, disfrutarlos. Claro, que siempre está el que se pone el mundo por montera.
¿Importa acaso que te miren? No. ¿O sí? ¿Importa que te crean? Quizás.
Es el uber al que subes de noche. O de día. No viajas solo. Ni sola. Debes ser correcto.
O correcta. O correcte. O… No tardarán en inventar más.

Te miran. Esperan tu tropiezo. Por torpeza. Por vanidad. Por intriga. Tú no te inmutas.
Mientras los demás llevan su gorra, su tricornio o su capelo, tú eres llevado por la corona.
Cayó del cielo. ¿Alguna vez diste las gracias? Dime que, al menos, elevaste la mirada.
La humildad te habría protegido. Lo sabes. Lo escuchamos en demasiadas ocasiones.

Algunos, encasquetados en su barretina o en su chichonera, a veces dan las gracias.
A los que tienen cerca y a los que tienen lejos. Por ser. Por estar.
Tú esperabas más. De arriba. Porque de abajo tomabas cuanto apetecías. Tenías corona. Una partida de nacimiento rubricaba tu exención de obligaciones en chaflán con mayestáticos derechos.
Como testa coronada no tenías que rendir cuentas a nadie. Ni siquiera a los que, con su vida y con su honor, defendían tu corona.

Esta sí que es buena. ¡El honor! Un estorbo del pasado. Ya no se lleva. No es hype.
Ahora, todos debemos dar espacio al gorro frigio de la libertad.
Para pensar democráticamente. Para pensar menos. Para dejar de pensar.
Aquellos que con sus guardapolvos decretaron suprimir el honor de nuestras vidas, y ahora nos apremian a navegar por noches sin alma, son los que nos dieron a beber de la copa de la posverdad. Para hacernos más libres. Para que tu día sea tan válido como su noche.

Y… ¿si chocan tus intereses con los suyos? Si chocan, tú eres un miserable portador de fake-news.

Aunque no era así cuando juramentaste; hogaño, individuos frente a individuos se cruzan en la calle. En el autobús.
Las personas también son estorbos del pasado. Resulta difícil toparse con alguna. Ahora todos los individuos son libres. ¡Por fin!
A pocos parece molestarle el abusivo precio pagado. Casi nadie se acuerda de la verdad y, mucho menos, la echan de menos. La libertad la sepultó entre vítores de sujetos sin brújula. Asistieron a sus exequias, la igualdad y la fraternidad. Observa cómo cabalga desbocada esta última, engalanada de solidaridad y sin palafrenero.
La anterior, malvive de vender una falsa imagen de cara a la galería. Pobre. Acumula muchos haters por aquí y por allá. Individuos engañados. Traicionados. Deseosos de descubrir sus asechanzas ante un soberano desnudo. Pero tú no estás para escuchar.
Hoy sigues ausente. Como ayer.

Las pocas personas que quedan, nunca se tragaron la verborrea igualitaria y sufren menos. Ni siquiera odian. Eligieron no alimentar un afán que desgasta y envilece.
Pura debilidad, según opinión y regocijo de almas funestas. Esas que carecen de asiento en el libro de la filiación eterna. Apuradores de un último sorbo. Aquí y ahora… Y luego, nada. Après moi, le déluge. Pero, ¿y tú? ¿Qué legado dejas?

Un país sin verdad. Sin verdades. Un mundo sin verdad. Sin verdades.
Pudiste hablar. Debiste hablar con llaneza y cordialidad. Pero mandaste callar.
Te refugias en recuerdos abortados. Y el rumor va a más. Tu alma ya no susurra. Ahora te grito con más fuerza. A ti. Que conociste el éxito sólo por ser. La adulación sólo por estar. Nunca imaginaste que el pabilo se apagaría. Demasiados soplando detrás de sus caretas.

Testaruda testa coronada. Negaste audiencia a las voces en derredor.
Nunca reparaste en el designio. ¿Importaba acaso? No llevabas gorra. Ni capelo. Ni tricornio. Sólo importaba tu real gana. Mediante ella, tejías virtualmente la realidad.
Cortaste demasiado pronto el riego a la caridad, al pudor o a la moderación. Sin su savia, tu designio enfermó.
Y mientras tu real fortuna crecía, tu fortuna inmarcesible menguaba. Para aliviar el vacío de conciencia, prestaste oídos al adulador: resultaba suficiente con parecer.
De repente, sin llegar a comprenderlo bien del todo, el mundo que tenías a tus pies te fue arrebatado. Una noche sin alma. Llena de sujetos navegando sin brújula

El corazón estremecido. El aliento sofocado. Un feo y desguarnecido eco, se repetía inmisericorde taladrando a aquellos individuos más preocupados por llegar a fin de mes que por prestar atención a tu porvenir. Su porvenir.
Ignorantes y resentidos con un fracasado timonel, no alcanzaban a ver que arrostraban la misma fortuna: tu propia derrota. Esa que marcaría un nuevo rumbo. Más doloroso para ellos, si cabe. ¿Por qué no te callas?

¡Qué sencillo era el orbe cuando lo habitaban personas! Sabían menos de derechos humanos pero más de caridad. De entrega. De hoy por ti, mañana por mí.
Vértigo y nostalgia. Mira el reloj. Aun siendo más caro que el del tipo que viaja en metro con la gorra enjaretada, no tiene más horas. Tampoco, marcha hacia atrás. Nada de esto se menciona en la letra pequeña de la partida de nacimiento. Irónico, ¿verdad?

Es tarde para ciertas cosas. Pronto para cosas inciertas. Perdiste el cetro pero no la dignidad. La dignidad nos conecta con el designio. El designio nos conecta con la fortuna. Esas circunstancias que acontecen en la vida real de las personas.
Tu libre albedrío se mantiene indemne. Aún. Fuertemente resguardado de esta virtual pesadilla. Une los puntos.

Mientras, la aflicción se eterniza. Probablemente se mantenga hasta que despejemos la gran incógnita del real papel de tu vida: ¿es real de realidad o real de realeza?

Soliloquio de un monarca con su conciencia, participó en el Concurso de Relatos: Historias de la Historia, organizado por Zenda e Iberdrola

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