El alquiler de software, -SaaS (software as a Service) o Pay per Use-, no es un modelo más de política de producto. Genera reticencias lógicas. A nadie le gusta pagar, de por vida, una cuota por algo que puedes conseguir comprándolo una sola vez.

 

Inspirado en otros sistemas de monetización empresarial, como por ejemplo, los seguros, conlleva un cambio radical en todos los órdenes, en especial en las motivaciones y percepción de un determinado target group, al convertir a los clientes de un producto, en usuarios de un servicio. 

Obviamente, poco o nada tiene que ver un seguro con el software de un ordenador. Existen diferencias muy acusadas.

 

La primera, el factor tiempo. Una póliza dental, un seguro de vida, de hogar o de automóvil, tienen una cuota periódica por la prestación latente de un servicio. Pagamos dicha cuota anticipada para recibir el servicio de la póliza, si el siniestro asegurado llega a producirse.

Sin embargo, cuando pagamos una cuota para poder usar determinado software, estamos recibiendo la prestación, esto es la ventaja contratada, desde el primer momento.

 

Y ¿qué más da? pensarán algunos.

Me temo que no da igual. Se trata de una diferencia abismal que el usuario percibe con nitidez. Un seguro, nos ofrece un servicio de cobertura en caso de siniestralidad futura. Al tratarse de una eventualidad de la que deseamos protegernos, no existe otra forma de hacerlo. Al mismo tiempo, las aseguradoras revierten parte del beneficio que obtienen con el volumen de clientes, en los precios de sus servicios. Por ello resulta más ventajoso contratar un seguro de automóvil a todo riesgo, que correr personalmente con los gastos que pueda acarrear el vehículo, en caso de siniestro.

 

En cambio, cuando una compañía alquila un programa de software, permite el uso del producto desde el primer momento. La diferencia primordial, mal que le pese a las compañías que apuestan por modelos SaaS, es que se olvidan de su competencia y, como ya sabemos, la competencia nunca descansa. Siempre busca un resquicio para aumentar su presencia y cuota de mercado, a expensas nuestras.

Se entenderá mejor con un caso concreto. 

Adobe Systems, empresa que requiere poca presentación -¿quién no conoce Photoshop?-, fue la compañía creadora del lenguaje de descripción de página: Postscript. Sin él, los ordenadores actuales no serían tan fáciles e intuitivos de usar. 

Sin embargo, puede que pocos recordemos que Adobe, probablemente, ocupe hoy el lugar que tiene en el mercado, gracias a la alianza estratégica que mantuvo en sus inicios con Apple Macintosh. De hecho, al principio, los únicos ordenadores en los que funcionaban los programas de Adobe, eran Macs.

A tales niveles llegó la interacción de ambas compañías que, muchos usuarios de Mac se sintieron traicionados por Adobe, cuando comenzó a desarrollar versiones de sus programas en una plataforma «maldita» para los usuarios de Mac: PC’s con sistema operativo Windows.

 

Yo viví en primera persona la revolución tecnológica que supuso la inserción del ordenador personal en el mundo laboral a finales de los 80, principios de los 90. Para aquellos que no lo vivieron o lo desconozcan, va esto: Photoshop no fue el primero ni único software de retoque de imagen. En los 80 existían ya algunas estaciones de trabajo con programas semejantes, en ocasiones bastante más potentes, que las primeras versiones de Photoshop. 

¿Qué problema detectó Adobe y lo convirtió en ventaja competitiva? Uno, el precio de estas soluciones era prohibitivo y otro, dichos programas iban asociados a soluciones hardware propietarias, es decir, solo funcionaban en una máquina determinada.

 

La apuesta de Adobe funcionó, al permitir que Photoshop corriera en un ordenador estándar sin exagerados requisitos de potencia o memoria, si por estándar entendemos un Apple Macintosh de entonces. ¿Cuál fue el secreto de su éxito para barrer a la competencia? Sin duda, ofrecer un producto que ampliaba la elección de los usuarios al no vincularlo a hardware específico, a un precio sensiblemente menor.

Llegados a este punto, es hora de volver la vista a la competencia. 

 

Tengo la sensación de que Adobe al impulsar el modelo SaaS en sus productos de la Creative Suite, se ha olvidado de su competencia en un acto de soberbia empresarial. Conozco bastantes casos de usuarios que siguen usando versiones de la Creative Suite previas al modelo CC, para no tener que pagar una cuota de alquiler de por vida. De hecho, en el mercado de segunda mano existe demanda de la versión CS6; la última anterior al modelo de suscripción de pago. Al mismo tiempo, pequeñas empresas han buscado alternativas de software comprado, ofrecidas por la competencia: alquilar y mantener una suscripción de pago instalada en varios ordenadores, resulta caro si las finanzas no son boyantes. 

 

En estos momentos, nada de esto parece preocupar a Adobe Systems quien apuesta por ofrecer sus programas a través de una política de producto que no agrada a buena parte de sus usuarios. Sus reglas del juego, imponen pasar por el aro de un modelo cerrado: igual que hacían las plataformas que barrió con el lanzamiento de Photoshop.

Respecto a la política de precios, pienso que un modelo SaaS, de la misma forma que lo hacen los seguros, debería revertir en el precio final una parte del volumen de sus pólizas contratadas y no mantener el coste del producto como cuando era de pago, eso sí, fraccionado en “cómodas mensualidades”.

 

Adobe Systems es una compañía que ha demostrado a lo largo de los años genialidad y capacidad de antelación. Lo hizo cuando desarrolló InDesign, plantando cara a un software que parecía inexpugnable: QuarkXpress.

Es hora que tome conciencia de que el hueco generado al dejar de comercializar sus productos, -de la manera en que le gusta a muchos clientes-, está siendo usado por su competencia. Es cuestión de tiempo que, alguna empresa de la misma, desarrolle una solución grata para tantos clientes insatisfechos y, con ello, reescriba las reglas del juego.

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