Intentaré sorprenderte con aparente alarde de dotes adivinatorias: estoy seguro de que en algún rincón de tu casa, existe un cajón lleno de transformadores antiguos de móvil. ¿Los has contado? Son bastantes…
No. Ni me he colado en tu casa, ni poseo ningún talento especial como augur, es una sencilla deducción hecha por alguien que tiene otro cajón igual.
Podríamos escribir un libro a partir de aquí, pero me conformaré con dar forma a esta entrada de modo ameno y provechoso.
Empezaré por hacerte tres preguntas, las cuales, si no tienes inconveniente, también responderé en tu lugar.
P. – ¿Cuándo volverás a darles uso?
R. – Probablemente nunca.
P. – ¿Por qué no los tiras?
R. – Porque tengo la sensación de que en cuanto lo haga, pueda volver a necesitarlos: un nuevo móvil, un pequeño electrodoméstico, quién sabe…
P. – ¿Cuántas veces te has preguntado por qué los fabricantes no se ponen de acuerdo, al menos, con el tipo de conector de carga de los móviles?
R. – Entre cero y treinta mil veces.
Puede parecer una observación baladí pero, millones de casas de este planeta, albergan cajones como el tuyo y el mío, esperando a que venzamos la desazón que nos produce convertir en basura algo que, hoy por hoy, es un pequeño transformador en perfectas condiciones de uso, que dejamos arrumbado cuando empezó a fallar la batería de un flamante móvil a los pocos meses de su compra, el cual fue sustituido por otro de la misma marca pero cuyo cargador, ¡oh sorpresa!, tenía una clavija diferente…
Lo expresaré de otra forma. Hay millones de cajones de basura contaminante en millones de hogares, aguardando su oportunidad para contribuir al deterioro del planeta, porque demasiadas compañías irresponsables, cómodas y/o ávidas por hacer caja durante demasiados años, han mantenido una política de Responsabilidad Social Corporativa sobre el papel, y no sobre el terreno.
Y es que la Responsabilidad Social Corporativa, en muchos casos, es rastreable.
Hay una segunda parte que se infiere de la primera: ¿por qué se ha permitido este disparate desde los poderes públicos? ¿Existe una Responsabilidad Social Corporativa Política?, o ¿acaso los políticos no usan móvil?
Reconozco que se me hace molesto tener que compartir una reflexión como ésta. Es de esas cosas que sabes, a priori, que nadie tomará cartas en el asunto hasta que no se produzca una queja colectiva masiva… lo cual me lleva a otra reflexión paralela: ¿para qué han sido elegidos los políticos o para quiénes trabajan…, si no es para los ciudadanos y nuestro bienestar?, lo cual concatena con una tercera reflexión: ¿dónde ha ido a parar el estado del bienestar que nos prometieron con la llegada del nuevo milenio?
Afirmo que me molesta tener que hacer la primera reflexión, porque los ciudadanos no solo tenemos que afrontar el trabajo de los políticos cuando ellos no lo hacen, sino que además, tenemos que soportar sus «ocurrencias», por ejemplo en clave ecológica, cuando algunos tratan de “concienciarnos» de lo mal que está el planeta, como si les preocupara… lo cual a la vista del panorama, resulta cínico, cuando menos.
Vivir para ver, oír y ¿callar? No. Creo que debemos analizar y exigir responsabilidades, no políticas, que al final valen para poco, sino a los políticos. Con nombres y apellidos. Los responsables, en cada caso, deben responder ante los ciudadanos.
¿Por unos cargadorcillos de móvil, de nada?, pensarán algunos. De acuerdo. ¿Qué te parece si metemos en el lote, los cartuchos de tinta de impresora? Esos en los que un litro de tinta, hecha a base de alcohol, resina y colorante cuesta más cara que un kilo de caviar beluga… Y ya que hablamos de móviles, también podemos hablar de sus baterías, ésas que parecen no poder aguantar más allá de dos años sin deteriorarse, o incluso de los propios móviles, esos aparatos cada día más caros pero que tampoco suelen ofrecer una vida útil más allá de los dos años. Es lo que el diseñador industrial Brook Stevens definió en sus primeras conferencias en 1954 como obsolescencia programada: estimular el deseo en el comprador de adquirir un nuevo artículo, un poco mejor, antes de lo necesario…
El origen de estas prácticas, algunos lo sitúan en 1920 cuando fue creado el “cártel” de bombillas incandescentes Phoebus, con objeto de limitar la vida útil de éstas a 1000 h. No es conspiranoia, es historia. Algunos fabricantes, años antes del nefando acuerdo, prometían en su publicidad 2.500 h de vida para sus bombillas…
El “negocio” de la obsolescencia programada unido al diseño de productos irresponsables, tampoco frenado por ninguna administración, ni político ecologista alguno, genera millones de cartuchos de tinta al año que terminan en la basura, junto a baterías, móviles, y electrodomésticos de toda especie.
Confieso, por la parte que me toca, que la publicidad contribuye al desolador panorama, al espolear el deseo inconsciente del consumidor para obtener cada vez antes, la “recompensa” de un producto nuevo en sus manos sin que el anterior haya terminado su ciclo de vida útil.
Aquí vuelvo a apelar a la Responsabilidad Social Corporativa. Estoy 100% seguro de que si has pensado en alguna marca concreta mientras leías la entrada y te tomas la molestia de visitar la web de alguna de ellas, observarás con qué esmero defienden la defensa del planeta, la apuesta por procesos productivos sostenibles o su decidido afán por ser percibida como una compañía respetuosa con el medio ambiente. Sin embargo, a día de hoy, numerosas empresas continúan cometiendo tropelías como las apuntadas sin que nada, ni nadie, apele al menos, a la estricta observación de una mínima coherencia con los principios que predican, porque, no nos engañemos, algunos procesos de reciclado que pregonan para minimizar el impacto de políticas de producto desaprensivas, son más costosos y dañinos para el medio ambiente que la simple evitación de tener que utilizarlos.
En este momento y por absurdo que parezca, las palabras parecen tener más relevancia en el devenir de los ciudadanos que los hechos, a pesar de que Jesús de Nazaret nos dejó una brújula inestimable para movernos por la vida: “por sus obras los conoceréis”. Solo así se puede explicar por qué, año tras año, los políticos de medio mundo, prometen una cosa y hacen otra sin que nadie se alarme o exija responsabilidades. También eso explica que grandes compañías nos lancen un discurso de preocupación por el planeta, mientras generan basura innecesaria a través de imprudentes políticas de producto, cuyo mantra es la orientación al beneficio económico. O por qué grandes grupos de comunicación publicitaria, supuestamente preocupados por hacer un trabajo impecablemente ético, no se plantan ante determinados clientes para dejar de publicitar productos innecesarios o irresponsables, como simple ejercicio de coherencia con sus principios deontológicos…
Ante esto, ¿crees que sirve de mucho que separes la basura de tu casa? Posiblemente eso contribuya a que te sientas responsable como ciudadano. Sin embargo, algunas compañías y productos tienen un ciclo de contaminación más alto que tu voluntad de preservar el planeta.
¿Qué se puede hacer entonces? La respuesta es simple: pasar de las palabras a los hechos. Reflexionemos para adoptar una postura consecuente con el planeta que le queremos dejar a nuestros hijos y tomemos medidas. Nadie las va a tomar por nosotros.

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