Una visión trascendente de algunos postulados de Maslow, pueden arrojar algo de luz a la hora de transitar la vida desde la realidad física hasta la espiritual: un tema apasionante.

 

Abraham Maslow (1908-1970) el famoso psicólogo de Brooklyn, nos dejó, entre otros legados, su conocida Pirámide en la que se establece la Jerarquía de Necesidades del ser humano, desde las más básicas como las de guarecernos de la intemperie o alimentarnos, hasta las más elevadas como el éxito personal o el deseo de dejar “huella” de nuestro paso por la vida. Según Maslow, vamos coronando etapas de su pirámide en nuestra existencia a medida que satisfacemos dichas necesidades. Es bastante lógico pensar que una persona que carece de lo más elemental como el alimento o tiene dificultades para respirar, no vaya a preocuparse por adquirir una mejor educación si antes no ha solucionado situaciones capaces de poner en riesgo su propia vida.

 

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Con frecuencia se utiliza la Pirámide de Maslow para el estudio de motivaciones de los consumidores. Éstas son esenciales para establecer pautas de comportamiento en marketing y comunicación que nos ayuden a anticiparnos a la hora de proponer un acto de compra. Descubrir qué motiva a una persona a comprar un bien determinado o contratar un servicio, se consigue a través de la detección de sus necesidades insatisfechas y la consiguiente elaboración de propuestas alineadas con dichas carencias y deseos. De hecho, hoy en día la mayor parte de bienes y servicios son desarrollados haciendo el trabajo previo de detección de necesidades. No se vende lo que se fabrica. Se fabrica lo que se sabe de antemano que se va a vender. 

El estudio que llevó a Maslow a definir su modelo de jerarquía de necesidades, se basó en el trabajo de algunos psicólogos así como en Albert Einstein quien le sirvió de modelo de persona autorrealizada. Maslow detectó rasgos similares en personas que habían alcanzado niveles semejantes de autorrealización, como por ejemplo que “estaban centrados en la realidad” siendo capaces de diferenciar lo falso de lo auténtico, o que se “centraban en los problemas” lo que les permitía afrontar las contrariedades de la existencia como dilemas que precisaban respuesta. 

También el Tao Te King, atribuido tradicionalmente a Lao Tsé y que dio origen al Taoísmo como filosofía de vida, fue tenido en cuenta. Las enseñanzas del Tao como realidad absoluta y mutable, capaz de conformar los principios cosmológicos y ontológicos como el principio y la realidad suprema, llamaron la atención de Maslow al advertir que en el taoísmo las posesiones materiales no aportan ni placer ni significado personal a los individuos. Todos estos interesantes hallazgos pueden hoy, ser observados desde un nuevo punto de vista. 

La Pirámide de Crecimiento Personal resume la experiencia vital de un individuo en doce etapas, separadas por tres realidades o modos: el físico, el mental y el espiritual, los cuales entroncan directamente con el cuerpo, mente y espíritu como estados armoniosos del ser humano. Desde esta visión, la tarea a la que nos enfrentaríamos en nuestras vidas sería movernos desde los niveles más bajos de consciencia, hasta el nivel más alto, el del amor incondicional… Es necesario precisar que la visión que tenemos del mundo, depende intrínsecamente de nuestro nivel de consciencia: como sugeriría Richard Bandler, uno de los padres de la PNL, no vemos el mundo como es en realidad, sino desde nuestra perspectiva personal. 

El eje sobre el que se construye la PCP Pirámide de Crecimiento Personal es el binomio amor-miedo.
Las personas que se mueven por miedo perciben el mundo como un campo de batalla en el que la explotación, el abuso y la violencia son la norma. Los individuos que son motivados por el amor convierten el servicio a los demás y la paz, en su medio ambiente siendo ajenos a las inclemencias externas. Curiosamente esto queda evidenciado en la vida de los santos… 

 

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Las diferentes etapas de la PCP tienen una relación directa con el poder. De esta forma, una persona en el escalón más bajo, el de VÍCTIMA, apenas tiene poder. Por contra, una persona que se mueve desde el AMOR INCONDICIONAL, dispone de poder infinito. Conviene señalar que el poder es diferente a la fuerza. La fuerza se sustenta en la codicia, manipulación y egoísmo por parte de unos pocos, desgraciadamente algo tan habitual hoy en día. En cambio, el poder se basa en la libertad, y la verdad para todos. Cuanto más nos acercamos a la realidad espiritual más poder tenemos, pero para progresar necesitamos cambiar nuestras motivaciones. Para ello, disponemos de una herramienta perfecta que altera nuestro modo de consciencia: el descontento. Cuando reaccionamos al descontento, aprendemos a movernos por la pirámide y a experimentar a través de diferentes etapas de crecimiento personal. 

 

Algunos ejemplos

En el modo de VÍCTIMA se experimenta pobreza y se ve la vida de forma miserable. Se tiene poco poder y energía lo que muchas veces hace a las víctimas incapaces de afrontar situaciones trágicas: nuestro nivel de consciencia determina nuestra visión, y nuestra visión condiciona nuestras acciones. En cambio, el MIEDO nos ayuda a abandonar el estadio de víctima y a movernos. El miedo añade poder a nuestras decisiones aunque nos hace percibir la vida como una lucha permanente. Un miedo constante puede llevarnos a tomar consciencia de la necesidad de un nuevo planteamiento en nuestra vida: el DESEO, sencillamente queremos algo mejor. 

El deseo tiene un inconveniente y es que siempre queremos más. En lugar de colmarnos plenamente nos genera constante insatisfacción… Eso suele desembocar en IRA, y nos hace creer que nuestra vida es el resultado de un castigo, lo cual como apuntaba Lao Tsé, puede desembocar en enfermedad fruto del desequilibrio entre nuestros esfuerzos y la energía negativa que creamos en ese estado. Generalmente la ira nos hace sentir que estamos llamados a una realidad mejor y nos mueve a buscar una vida más cómoda. Una vida con ciertos PRIVILEGIOS. 

La realidad es que ninguna empresa, persona o gobierno nos debe nada que no sea a cambio de lo que nosotros podamos aportar. La visión de una persona en esta etapa es la de culpa permanente hacia el entorno al no obtener lo que creen merecer. El cambio que permite abandonar el estado de culpar a otros y salir de esta etapa es el aprendizaje. Cuando somos honestos a la hora de responder -¿qué estoy aprendiendo en esta situación?- estamos en disposición de pasar al siguiente nivel. 

Tan pronto como empezamos a aprender en lugar de culpar, cada motivo de descontento se transforma en una excelente oportunidad en lugar de una derrota. Para ello necesitaremos creatividad inteligente que nos haga sentir orgullosos. El miedo se disipa a medida que lo sustituimos por ORGULLO, lo que nos brinda una visión de la vida con empoderamiento. Paradójicamente el orgullo atesora una enorme cantidad de poder que hay que saber controlar. Muchas celebridades se manejan en modo orgullo por la vida, como si fuese un tablero de juego que les permite alcanzar estatus y reconocimiento e incluso crear valor, -si bien les limita como seres humanos-, pues su poder es una falsificación del mismo basada en el egoísmo y el engaño que les induce a ganar a toda costa, sin preocuparse por lo que otros desean. La puerta de salida del orgullo es la humildad. Es la clave para pasar del estado de miedo al amor. La humildad nos conduce al VALOR con el que abandonamos el mundo de la fuerza y entramos en el mundo del poder. Sin embargo, en el modo valor aún sentimos apego a las expectativas incumplidas, las cuales todavía generan sufrimiento al individuo. 

Las expectativas, con frecuencia, destruyen la paz interior de las personas al estimularles a analizar y repensar las situaciones lo cual les incapacita para ser productivos. Se pierde la calma y el control al albergar pensamientos del tipo “¿qué opinión causaré?”, “¿me expreso con corrección?”, “¿qué pensarán de mí?”. En cambio, cuando comenzamos a pensar en los demás más que en nosotros mismos, aumenta nuestra capacidad de producir con valor, aumenta nuestra capacidad de comunicación así como nuestra capacidad para recibir alegría y felicidad. 

Para acceder a un nuevo nivel de consciencia es necesario ejercitarse en el desapego. El desapego es el arte que nos permite entrar en la etapa de JUICIO. En ella los resultados de la vida son más creativos y nuestra visión, más esperanzadora. Practicar el desapego significa hacer lo mejor siempre en una situación dada pero sin pensar en el resultado. Se hace lo que se puede hacer y del resto se encarga Dios, puesto que la única soberanía que tenemos es la de nuestra propia fuerza vital. Expresado de otra forma, se trata de entender que el universo es como debe ser, y cuando las cosas no salen como deseamos, en lugar de culpar a otros o sentirnos frustrados, debemos aprender de la experiencia. 

Romper el umbral de la realidad mental para entrar en la espiritual, llega a través de la ACEPTACIÓN, un modo particular de nuestra mente, un tanto difícil de conseguir para la mayoría. En este modo, la persona vive el orden natural del universo en la confianza de que Dios nunca le enviará nada que no sea para su bien, lo cual no significa que tenga que gustarnos… Aquí la clave es aceptar lo que nos llega, lo que generalmente nos conduce a una expansión de consciencia y no resistirnos pensando que se trata de un castigo de Dios. En el momento que aceptamos, la lección queda aprendida. 

Un buen modo de entrar en la realidad espiritual es dirigiendo preguntas a Dios del tipo: “¿Qué enseñanza voy a sacar de aquí?”, “¿Cómo puedo ser agradecido con esta experiencia?”. Curiosamente en el momento en que empecemos a amar las cosas que nos producen dolor, éstas desaparecerán. En muchos aspectos la realidad espiritual es opuesta a la física y la mental, resultando a veces difícil de aprehender, debido principalmente a nuestras limitaciones cognitivas. Al mismo tiempo, nuestra perspectiva cambia según escalamos por la Pirámide de Crecimiento Personal. 

Cada peldaño conlleva un crecimiento exponencial en pensamientos, certezas, creencias y cuestiones fundamentales. Esto se puede constatar en el modo en que procesamos los acontecimientos. Cuando nos encontramos en un nivel bajo y sucede algo desastroso en nuestra vida, nos solemos preguntar “¿por qué a mí”, en cambio, en los niveles superiores, la pregunta que viene a nuestra cabeza es “¿qué experiencia espera Dios que saque de esto?”. Como ya sabemos, el motor de cambio de una etapa a otra es el descontento, cuando se maneja adecuadamente, nos ayuda a crear espacio para que emerja el siguiente nivel de conciencia. 

Precisamente, la SABIDURÍA nos permite crear un espacio sensiblemente aumentado para que surjan nuevas y más elevadas tareas. De esta forma, la meditación y la oración, se convierten en herramientas tangibles y efectivas en nuestra vida. La sabiduría nos ayuda a clarificar nuestra mente aquí y ahora y a dominar nuestra consciencia frente a la duda, el miedo o la preocupación. De forma opuesta a la realidad mental en la que luchamos y empujamos para conseguir lo que deseamos, en la espiritual nos dejamos llevar, nos rendimos al deseo de que las cosas salgan a nuestro modo y… aceptamos. No tenemos ya la necesidad de llevar la razón o demostrar a los demás que los equivocados son ellos, lo que nos eleva a un estado de AMOR. Esto nos cambia. Nos convertimos en portadores de bienestar. 

Al acercarnos a Dios somos capaces de escuchar lo que antes estaba allí, pero era bloqueado por nuestra realidad física o mental. El modo sabiduría nos permite apreciar la vida de manera trascendente, al rendirnos al designio divino capaz de usarnos como instrumento suyo. Esta experiencia nos hace vislumbrar una realidad superior y nos genera un nuevo descontento. Ahora que somos conscientes de una Realidad Superior, un AMOR INCONDICIONAL que todo lo puede, lo que deseamos es entrar en íntimo contacto. Se trata, ni más ni menos de la vida a la que se orientan los santos, pero a la que en definitiva, todos estamos llamados, bien desde la tranquilidad cotidiana, bien desde programas de Coaching, PNL o Mindfulness. 

El modo deseo contempla el mundo como una trampa; el modo orgullo lo ve como un tablero de ajedrez; los niveles superiores perciben el mundo como una escuela y en el modo amor se aprecia el mundo como perfecto. Alcanzar el amor incondicional nos permite sentir, expresar y demostrar amor, incluso a los malvados, desde el momento en que entendemos que todos estamos aquí con un propósito.

 

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