—Pues sí hombre…, a mi suegro le han diagnosticado cáncer de sarcófago…
—¿Cómo? ¡Querrás decir de esófago!
—Bueno… ¡tú me has entendido!
Tú me has entendido es una frase mágica, al parecer, repleta de virtudes.
La podemos escuchar cuando nuestro interlocutor yerra una palabra, se desvía del concepto, pronuncia mal o escribe las mayores barbaridades… sin pudor alguno.
Además, ha generado una costumbre insana: exonerar al interfecto de pedir disculpas cuando el buen samaritano de la lengua, solícitamente se apresta a indicarle que exijir, correjir o recojer se escriben con G.
Para mayor sonrojo, he escuchado a más de una acémila irredenta defender su neologismo con el pueril argumento de,
“si recojo se escribe con J entonces recoger se escribe con J”, exhibiendo una cultura en barbecho y reafirmando su ignorancia con zafiedad para no tener que asumir tal error o, menos aún, disculparse o dar las gracias. Eso sí, todo ello con mucha seguridad gracias al “sobradismo” que nos invade.

¿Por qué hemos llegado a esto? A mi modo de ver no hay una causa, sino varias que se entrecruzan y solapan.
Unos planes de estudio cada vez más flojos, en los que las humanidades han ido perdiendo fuerza en pos de no sé muy bien qué, porque no tengo constancia de nuevas generaciones de brillantes matemáticos o físicos…, sería la primera.
Sin embargo, hay más culpables.
Recuerdo que, de niño, en el colegio nos animaban a leer periódicos porque estaban muy bien escritos… Igual que ahora, pero al revés: lo difícil es leer uno sin toparnos con errores sintácticos u ortotipográficos. Hace años, una página la leían de media 4 ó 5 personas antes de su publicación. Ahora con suerte, la leen dos. Mucho me temo que los periódicos ya no son fiables defensores del idioma.
Pero, ¿y los defensores del idioma, de verdad? Naturalmente me refiero a la RAE.
Confieso que me sentí confundido la primera vez que me topé en sus páginas con las conjugaciones verbales… ¡en argentino!, junto a las castellanas. Al parecer, desde hace tiempo la RAE, limpiá, fijá y “esplendoreá”. ¿Me entendés verdad?

Sabemos que en Argentina existen expresiones y modismos no usuales en España, como en Méjico, Colombia o Venezuela, pero todos estos modismos no adquieren ¿o ahora sí?, el rango de norma vinculante para todos.
Si la justificación académica es “porque es usado por millones de personas y el lenguaje lo hacen los hablantes…”, no me vale.
Millones de andaluces cecean o sesean con particular gracia todos los días, y no por ello se aceptan esos giros en la lengua escrita.
Se me antojan dos explicaciones para el fenómeno.
La primera es política. Tal vez la idea de equiparar en derechos a los hablantes de un idioma, digamos en clave político-majadera tan en boga hoy en día, “un pueblo no debe ser obligado a hablar un idioma de una forma determinada, el pueblo debe poder elegir…” haya orientado la aceptación de esa específica forma de conjugar. En ese caso, lo siguiente será tratar a tu cuñado como cuate o tener que usar un selular para ponerte en contacto con tu empresa, ahorita…
¿Captas el concepto? Todo vale.

La segunda opción es artística. Desde hace generaciones, a los alumnos de bellas artes se les enseña que, arte es “toda aquella manifestación que nace con voluntad de serlo”.
Seguramente ahora puedas entender por qué te decepcionó tanto cierta exposición de pintura. No viste nada bello, original o sorprendente… pero viste arte. ¿Por qué? Porque así lo definió su autor. Pues bien, con el lenguaje puede pasar lo mismo. Igual no tiene que estar sujeto a normas, para que “fluya”. En ese caso, bastará con que yo considere que “minhgertywer” es una interesante palabra que define mis sentimientos y tú tendrás que aprenderla, so pena de “kjjuiopdfe lammmmnnsder”.
Quizás opines que por ese camino será difícil que nos entendamos y tienes toda la razón…
Un idioma es una convención, un acuerdo social por el que nos comprometemos a aprender unas reglas con una finalidad: relacionarnos eficazmente. Hablar y escribir bien nuestra propia lengua se nos enseña desde la más tierna infancia. A pesar de ello, comunicarnos con nuestros semejantes a veces es complicado, incluso con dominio del lenguaje.

Estoy orgulloso de hablar y escribir un idioma que deriva del latín. Un idioma que ha sido el vínculo de millones de personas durante siglos, que ha ayudado a aprender, a entretener, a divertir, a transmitir amor a lo largo de generaciones, como para dejar que se devalúe… por indiferencia o pereza.
Me duelen los ojos cada vez que alguien comienza una frase sin signos de exclamación o interrogación ¡como en el inglés! ¿Acaso el castellano se escribe como el inglés?
Me rechina escuchar “apreta”, en lugar de aprieta.
Me “traumatizo” cuando me dicen “haber que te parece”, en vez de, “a ver qué te parece”.
Podría seguir. La lista, desgraciadamente, es extensa.
Detecto una corriente de opinión, seguramente fabricada por medio de ingeniería social, que ve en el correcto uso de las reglas del lenguaje, algo desfasado o que no está de moda.
Al mismo tiempo, leo con alarmante frecuencia, entradas en blogs con faltas de ortografía. Sus autores envían así el mensaje de, lo importante es el qué, lo de menos, el cómo. En esos casos dejo de leer. Si alguien no es lo suficientemente profesional para escribir, ¿por qué he de hacer un esfuerzo asimétrico para aprehender su mensaje? No lo hago.

De todo esto surge una pregunta, ¿te imaginas que hiciéramos lo mismo con las matemáticas?
Así, en tu próxima visita al banco el cajero podría darte el saldo en estos términos: ayer tenías doce mil euros en la cuenta pero al retirar hoy tres mil, te quedan cinco mil, ¡..más menos! ¡Tú me has entendido!
Para terminar, un último ejemplo, ¿qué pasaría si adoptásemos esta desidia generalizada con nuestro idioma a la hora de conducir?
—Sí agente, he visto perfectamente el semáforo en rojo.
—Que ¿por qué me lo he saltado? Pues porque a mí el rojo no me dice nada… ¡Usted me entiende!

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